Un paseo por la vida

Comenzando un nuevo camino

Hoy se ha ido el otoño, pero no será el último.

Sabemos que el calor se está yendo, sino se ha ido hace ya un tiempo. El otoño, que pintaba bastante bien no ha podido resistir la ineludible llegada de un invierno que cada año nos castiga con las mismas ganas, algunas veces incluso con más. Aun recuerdo ese martes de octubre, al medio día, cuando salía del trabajo y un gran termómetro mostraba con orgullo unos increíbles 35 grados.

Pero eso fue ayer, y el día a día se vive en el hoy, no en tiempos pasados.

Zapatero ya no nos lidera, el sol ya no nos quema y los pantalones de campana hace tiempo que no nos los ponemos, pero como casi todo en esta vida, el ciclo de la misma rige casi todos los aspectos de ella. Y lo que hoy es el pasado, mañana será el futuro.

Cómo pensar que no vamos a cometer los mismos errores, cómo saber que algo no te sucederá de nuevo, cómo puede predecir el hombre del tiempo si el sol brillará mañana.

El ciclo de la vida, y todos sus derivados, son tan reales e inexorables que cuando nos paramos a pensar en ellos, nos da hasta miedo. Nacer. Crecer. Morir. En medio, claramente está el reproducirse, uno de los placeres del ciclo y a día de hoy, método imprescindible para que el ciclo pueda continuar. Y no hablo de personalmente, claramente, el que muere, muere. Y tampoco espiritualmente, donde según algunas religiones/filosofías, mantienen que tras abandonar este plano, regresamos al tiempo para comenzar este ciclo desde el nacimiento. Sino, en un plano más general, hablo de la raza humana, de un colectivo que va creciendo, muriendo y naciendo de nuevo. Aunque no nos quedemos solo en la raza humana, abramos los brazos y alberguemos a toda clase de vida, ya que está claro que nosotros no estaremos aquí para la eternidad. Podemos extendernos en la definición, generalizar hasta la saciedad o ser muy específicos, da igual, el ciclo de la vida lo alberga todo y sirve para casi cualquier cosa.

Que el PSOE volverá, 100% seguro, que el sol volverá a castigarnos con sus más de cuarenta grados, por supuesto, en poco más de medio año, y que los pantalones de campana volverán, acaso lo dudáis, nada más que Mango, Zara o el Corte Ingles los pongan de nuevo en sus escaparates.

Todo en esta vida se repite y por eso cuando somos jóvenes y oímos a nuestros carrozas padres intentar darnos torpes consejos sobre como llevar nuestras sufridas vidas, no tenemos más remedio que cagarnos en nuestra puta estampa al crecer, al envejecer, al mirarnos en esa foto en la cual las entradas, las canas y la barriga del tipo que está a nuestro lado nos deprimen enormemente, para poco después hundirnos en la miseria más absoluta al darnos cuenta que las canas, la alopecia y la bartola no es del tipo de al lado, sino nuestra, y que quien creíamos ser, no es otro que nuestro gamberro hijo que nunca se deja aconsejar por la experiencia acumulada a lo largo de nuestros numerosos años de mucho hacer y poco escuchar.

Como le dijeron una vez a un pequeño león: “Ingonyama nengw’ enamabala… es un ciclo sin fin que lo envuelve todo, el ciclo sin fin, el ciclo de la vida”     

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Mi día de elecciones

En la vida, continuamente estamos expuestos a unas cosas llamadas alternativas. Son situaciones en las que se nos presentan varias opciones, varios caminos a tomar en las que normalmente solo podemos escoger uno de estos caminos.  En muchas ocasiones, los caminos no tienen vuelta atrás, ya sea porque no dé tiempo a volver por donde hemos venido o simplemente porque el puente que cruzamos ya esté roto. En todas estas situaciones tenemos que hacer uso de la elección. El poder que se nos ha concedido a los humanos para poder decidir qué camino tomar, qué alternativa escoger.

Ayer fue mi día de elecciones. Aunque posiblemente, muchos españoles dirían lo mismo. Y en cierto modo es así, pero mi día de elecciones no fue el día de elecciones generales del resto del mundo, sino el día en el que elegí qué camino tomar.

Expresado de esta forma, puede parecer la sinopsis de una película, o la inicio de una historia fascinante en la cual mi vida dio un giro de ciento ochenta grados convirtiendo todo lo conocido en una mera ilusión que dejo atrás para alcanzar mis sueños más anhelados. Pero no es el caso, fue simplemente un día más de elecciones, aunque lo importante es recalcar que fue el mío, el de mis elecciones.

Y es que en esta vida, hay mucha gente que navega por ella a la deriva. Son personas que no tienen una personalidad formada, o que simplemente la tienen deformada. Personas con problemas,  personas que debido a experiencias traumáticas o una educación errónea han adquirido un extraño poder en el que cual son capaces de convencer a cualquiera que les rodee para que tomen las decisiones por ellos. Estas almas, han decidido, o se han visto obligadas psicológicamente a depender del resto del mundo para convertir su día de elecciones en el día de los demás. Han atraído hasta su mundo a las personas que les rodean para que formen parte de él, para que se personen de inmediato en su encrucijada, como el que invoca a un demonio en un cruce de caminos para que le solucione un problema.

Sin más pudor, les infectan, cual virus, con la información necesaria para que sus problemas, sean también los problemas de ellos, que contagiados deben luchar para superarlos. Y aunque no estoy hablando de un contagio real, físico, si que hablo de uno mental, de uno que hace que al final seas tú el que tenga que elegir por una de estas personas.

Leído hasta aquí, habrá muchos de ustedes que piensen que todos nos hemos visto en esas situaciones, tanto desde un lado como del otro. Quién no ha pedido alguna vez consejo, quién no ha estado alguna vez tan confundido que ha decidido llamar a un amigo para que le aclare las cosas. No, no hablo de esto. No hablo de la ayuda del comodín, hablo de personas que no son capaces ni de elegir con que ropa salir a la calle, personas que en cuanto se les plantea el más mínimo problema corren a llamar a su oráculo, o más acorde con lo acaecido en estas fechas, a sus asesores, aunque en este caso hay diferencias, ya que estos asesores, ni cobran ni han elegido serlo.

Ayer cuando me levanté decidí hacerlo tarde. Había estado sacando unos billetes de tren y para poder ahorrarnos unos eurillos los quise sacar muy, muy prontito (de madrugada) para que los precios se ajustaran a la economía que nos está dejando esta crisis.

Desayuné mal, pero muy ricamente. Cookies americanas, Muffin inglesa y leche con cacao y canela. Nada sano, todo rico. Fue mi decisión, con la que tendré que vivir cuando tenga unos años más y la glucosa, el colesterol y demás nombrecitos de los análisis aparezcan por las nubes, por no hablar ya de mi problema de estómago el cual viene con un libro de instrucciones muy completo donde me aconsejan encarecidamente no fomentar la ingesta de fritos, grasas,  chocolates…   

Esto hizo que la mañana se me acortara notablemente.  Y recordemos que estábamos de elecciones. Un montón de partidos que luchaban por la dirección de este bello país cada vez venido a menos. Aunque en realidad, como ha venido siendo desde tiempo inmemoriales, la dirección de este siempre se la han repartiendo entre dos bandos, o mejor dicho, dos partidos, el partido de los ricos y el partido de los pobres, mal llamados por cierto, ya que se deberían de llamar el partido de los políticos corruptos y el partido de los políticos más corruptos y estos nombres es bueno que se vayan alternando según quien este en el poder.

Con media mañana perdida y la dirección de dónde debía de ir a votar, ya que desde que estoy viviendo en esta casa no había ido nunca. Me dispuse a vestirme para marchar a ejercer mi derecho como ciudadano español, pero un tufillo a vinagre de arroz me subió levemente por entre las axilas y pensé que una ducha no estaría mal. Y así, decidí poner un pié en la bañera y después el otro. Un día frío y lluvioso se merece una tranquila ducha calentita. Esta fue otra decisión más que tuve que tomar, dos, mejor dicho, el tomar o no la ducha y que esta fuera larga o corta, aunque si nos ponemos a filosofar, las decisiones fueron infinitesimales (con agua caliente o fría, quizás con templada, lavándome la cabeza o no, utilizando champú anticaspa o el de cabellos normales, a lo mejor ese de color naranja que está al fondo de todos los botes y que nunca se gasta,  frotarme bien con manopla, con estropajo de esparto o puede que solo quitarme el tufillo a vinagre con la manita y un poco de jabón, tendría que haber cerrado la venta para calentar aun más el cuarto de baño a riesgo de luego no ver afeitarme por los cristales empañados, o dejarla abierta para poder cantar y que los vecinos enteros se deleitaran con mis dotes de aspirante a operación triunfo…).

Tras la ducha larga y ya vestido me di cuenta de que el reloj estaba a punto de marcar la una y cuarto. Mi urna esperaba ansiosa a que tomara una decisión sobre qué partido debía de gobernarme en los siguientes cuatro años. Pero por otra parte a las dos había quedado para almorzar en el Gastromium, un bar estupendo que montó un buen amigo mío con el sudor de su frente y un montón y montón de miles de euros.

No es paradoja, el pensar que mi amigo, desde chico, cuando estudiábamos juntos en los primeros años de colegio, ya se viniera a mi casa a comer, escapándose del comedor de este y disfrutando de la comida que mi madre nos hacía. Posiblemente estaba más buena que la del cole, o al menos en mi casa podíamos disfrutar viendo los dibus o jugando a alguna cosilla antes de emprender la jornada de tarde.  A lo largo de su vida, fue enfocando sus estudios, sus ilusiones y su paladar al mundo de la cocina. Cierto es que hacía autenticas porquerías, muchas de ellas incomestibles, pero había otras que aunque extrañas eran un placer al paladar. Mi primera pizza vegetal (con lechuga y todo) la probé de sus manos. El siempre tuvo claro que quería triunfar, que quería tener reconocimiento y sobre todo que quería montar su propio restaurante, uno de esos donde las tapas no fueran montaditos y el vino no fuera “de mesa”. Y después de mucho viajar, estudiar, trabajar para otros, consumir las horas de los días de su juventud, como se suele decir, después de mucho sudor y lagrimas, al final, lo consiguió. Montó un restaurante junto con un socio que ha día de hoy es uno de los mejores de Sevilla, uno de los mejores de España. El tomó sus propias decisiones, y debido a eso, ese restaurante a día de hoy existe, y debido a eso, esa mañana, la mañana del 20-N, yo no pude ir a votar. Puesto que tenía un compromiso al que no podía llegar tarde.

Después de salir del almuerzo, con la barriga llena, bien llena de cosas muy buenas, tocaba marchar de regreso a casa. Pero el día seguía estando triste, ¿quizás un augurio de lo que nos esperaría en los siguientes cuatro años? Meterse en casa no me apetecía, ya que si el día estaba triste, más triste me pondría. Y puesto que mi urna estaba muy cerca de mi casa, si no quería ponerme triste, tampoco podría visitarla. Una vez más pensé en Miguel, mi amigo de la infancia, y jugué con la idea de qué hubiera pasado si cuando tuvo que tomar la decisión de dónde montar el restaurante hubiera elegido hacerlo a dos calles más abajo de mi casa, en vez de en la otra punta de la ciudad.

La tarde era joven, y aunque el tiempo no estaba para pasear, sí que lo estaba para echar una autentica tarde de cine. Una vez más fue mi decisión, tanto esa, como la de elegir Amanecer como película de tarde de domingo de elecciones, no preguntéis como llegué a la conclusión de que esa era la película adecuada para ver esa tarde, en ese momento, y mucho menos me preguntéis si me gustó (Carol, tenemos que hablar tú y yo).

Era ya de noche, y posiblemente estaban haciendo el recuento cuando salí del cine. Mi tiempo para votar había concluido. Al levantarme ese día pensé si debía votar a los ricos o a los pobres, si mi voto quizás debería ir a un partido minorista que tuviera buenas intenciones (aunque luego, como todos, no las llevara a cabo), incluso me planteé si votar en blanco. Lo que nunca hice fue jugar con la posibilidad de no ir a votar, pero mis decisiones, una tras otras me llevaron a ser uno de los españoles, que por distintas razones, ayer no votó a ningún partido.

Todos debemos enfrentarnos a nuestros miedos, a nuestras conflictos, a nuestra propia vida y para ello tenemos un arma que no tienen otros animales que solo pueden contar con el instinto, es la capacidad de decisión. A todas horas, nos surgirán problemas, y en otras muchas ocasiones, oportunidades. El cómo salgas de estos y estas son una cuestión que se basa en el ingenio, la experiencia, la suerte y sobre todo, en uno mismo. Hay que luchar por lo que se quiere, y aunque nos rodeemos de amigos que nos apoyen y nos cubran, la batalla la tenemos que encabezar nosotros, porque solo así seremos libres de tomar nuestras propias decisiones, orgullosos de haber elegido nuestro futuro y felices por hacer de los amigos participes de nuestra vida y no esclavos de ella.

Como me dijeron un día en el que tuve que tomar una de las decisiones más difíciles de mi vida: “Decisión tomada, decisión acertada”.

Tú eres tu mejor elección.

Mi presencia, mi ausencia.

Han pasado los días, las semanas y los meses, y las noticias de mi persona se han hecho de rogar, bueno, es una forma de expresarlo, otra cualquiera podría haber sido: “He estado tan ocupado haciendo como que hago que al final no he hecho nada”.

Es posible que algunos hubieran esperado una entrada hablando sobre la astenia otoñal, y efectivamente me llevé haciendo la entrada una tarde, pero cuando la tenía casi concluida me di cuenta de que realmente era lo mismo que la astenia primaveral, solo que más depresiva aun, porque encima vienen acompañada de finalización de vacaciones, mal tiempo y días muy, muy cortos. Luego decidí seguir narrando el diario del navegante… ese fantástico viaje a Costa Rica en el que vi e hice cosas que nunca hubiera pensado, pero una vez vistas las inmensas tortugas del pacifico, ya casi di por concluido el viaje, no tenía ni idea que el sobrevolar a las águilas o compartir hotel con actores de Hollywood podría sucederme a mí, no obstante, también lo dejé pendiente, ya que con una o dos entradas no iba a poder concluir el viaje, y necesitaba tener más tiempo para proseguir la narración de mis “hazañas”. Por último pensé (ya ni me molesté en empezar a escribir) en colgar una entrada sobre Halloween, pero me llevé más tiempo del que hubiera querido buscando un buen disfraz que al final fue un fracaso y tuve que recurrir como el 80% de los españolitos a la tienda del chino de la esquina (el otro 20% fue a la tienda del moro de al lado).

La cuestión, es que por un motivo o por otro, no he “podido” plasmar mis pensamientos en el blog, y por eso pido disculpa a mis tres seguidores (jajaja, tengo tres seguidores, que blog más triste… pero claro, escribiendo una vez cada dos meses es lógico), y ya de camino, aprovecho para saludarlos y darle la bienvenida a este blog un poco raro, o bueno, a lo mejor el rarito soy yo, supongo que como los perros a sus amos, los blogs se parecen a sus creadores, sobre todo porque en ellos se plasma lo que estos piensan / sueñan / anhelan / temen…

Y rompiendo mi declaración de buena intención con la que empecé a crear las entradas “más largas” dejo esta aquí, en standby… solo esperando a que se me ocurra un buen tema y poder lanzarlo para que el mundo entero y mis tres seguidores, puedan disfrutar de él.

Hasta entonces.

Sed buenos y si decidís no serlo, al menos no me echéis la culpa a mí.

Otoño de elecciones

Un nuevo cambio en el calendario hace que empecemos a buscar la ropa de abrigo en los armarios, arcones o casa de nuestros padres, pero realmente este cambio es un mero color en el almanaque que pasa de tener los números con fondo amarillo (por eso del sol y el verano) a estar de un color marrón, triste marrón (supongo que por eso de las hojas secas), porque realmente la temperatura sigue siendo la misma, incluso subiendo en los últimos días. Aquí en la capital del Sur andamos con una mínima de 19 grados y una máxima de 33, mañana la mínima estará en 20 grados. Bufandas, chaquetones, incluso la manga larga es algo que aun queda escondido en los más oscuro rincones de nuestros roperos y aparadores.

Pero si hay algo que sí ha cambiado es el panorama político, ese mundo habitado por seres que tras un periodo de latencia de un par de meses por fin salen a la luz para darse cuenta de que las elecciones están a la vuelta de la esquina y que hay un montón de victimas a las que podrán asaltar para así robarle su más preciado tesoro, que no es su nómina, por supuesto, sino su voto.

Hemos llegado a un punto crítico para el futuro de nuestro país, bueno, crítico como puede ser de crítico para tu futuro el elegir entre meterte en un pantano lleno de cocodrilos o meterte en un embalse lleno de caimanes. Está claro que en estas elecciones saldrá el partido político A o el partido político B (para no hablar de partidos con nombre y apellidos). Tenemos también en las listas a los partidos C, D, E… pero para que cansarnos leyendo, es más fácil, coger el primero de la lista y si no me gusta porque es el que está y hace las cosas como el culo pues nada, cogemos el siguiente. Esto al final contribuye a que haya dos grandes partidos el A y el B. Si el 20 de noviembre tenemos que votar solo hay que tener en cuenta una cosa. Estoy contento con “A”, que es quien gobierna ¿sí?, pues lo voto. ¿No?, pues vota al “B”. ¿Y que pasa con el resto de los partidos? ¿Acaso no pueden salir elegidos? Pues para que nos hagamos una idea creo que lo mejor sería poner un símil, o una metáfora o una yo que se, un recursos de esos que tan culto le hace a uno.

Imaginemos una moneda, con su cara y su cruz. Imaginemos que en la cara pintamos el logotipo del partido A y en la cruz el logotipo del B. Si lanzamos la moneda al aire tendremos un 50% de que salga alguno de los dos partidos. A los cuatro años si lanzamos la misma moneda tendremos la misma posibilidad de que salga uno de los dos, puede que se quede el mismo de la última vez o que cambie. De nuevo, a los cuatro años siguientes, tiraríamos de otra vez más la moneda, si ya ha repetido dos veces el partido, que salga una tercera vez se puede dar, pero podríamos pensar que es más lógico que saliese el contrario, aunque las posibilidades sigan siendo el 50%. La cuestión es que a lo largo de los años, ambos partidos se irían turnando el poder del país, con todo lo que ello conlleva, como es la corrupción, la desidia, los vicios, las leyes que benefician a los creadores de las mismas y las promesas vanas.

Y qué es lo que pasa con el resto de los partidos del abecedario, esos llamados C, D, E… pues todos estos pequeños y simpáticos partidos políticos se encuentran en el canto de la moneda, lo que nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Cuándo gobernarán uno de estos pequeños partidos? Pues la respuesta es bien fácil, empieza a tirar una moneda al aire y cuando caiga de canto cuenta las veces que has tenido que probar suerte y multiplícalo por cuatro, esos serán los años que tendrás que esperar para uno de esos partidos suba al poder.

Pero es curioso, como hay mucha gente que piensa como yo, o para ser humilde, es curioso ver como pienso igual que un montón de gente más que entiende perfectamente que vivimos en un país de borregos, pero que al igual que yo, hace poco por cambiarlo, esto no se exactamente en que nos convierte, quizás en borregos inteligentes, quizás en borregos monteses, no sabría decirlo a ciencia cierta, pero utilizando otro de los recursos que hemos estudiado en nuestra ingenua adolescencia uno de estos borregos monteses escribió esta mañana en un foro una frase para definir la lucha de candidatos para las próximas elecciones que me hizo bastante gracia… “Alien vs Predator: Gane quién gane, la humanidad pierde.”

Es por esto que el país va como va, porque nunca entra sangre nueva en el Congreso, porque el ciudadano solo opta a votar por el menos malo y no por el mejor, porque queramos o no, entre A y B, solo estamos cambiándole el collar al mismo perro, o como sabéis que me gusta decir a mí “Son solo la misma mierda pero con distinto olor”.

 

DN: DÍA TRES – NO HAY EXCURSIÓN SIN BARCA

No recuerdo muy bien que es lo que estaba soñando, pero tenía que ver con puertas abiertas, animales muy agresivos y un tipo que miraba desde arriba riéndose a pura carcajada. Como ya digo ni recuerdo de que iba exactamente ni creo que me hubiera dado tiempo a concluirlo puesto que en un momento concreto de la madrugada, poco antes de que el sol comenzara a desperezarse empecé a escuchar el sonido de un despertador: “¡¡Aaaahhooooo, ahooo, oooooh!!”

– Joder, creo que mi despertador no sonaba así la última vez que lo escuché.

– ¡Ohhhhhhhh, ahooooooooo!

– ¿Qué demonios es eso?

Hay una leyenda en Costa Rica que trata sobre un determinado tipo de monos, los monos aulladores. Hablaba de que en la antigüedad, cuando los nativos tenían que cazar todo lo que se les pusiera por delante con tal de poder sobrevivir, estos salían todos los días, con sus flechas y sus cuchillos para cazar mapaches, monos e incluso jaguares, a los que temían y respetaban, pero contra los que tenían que luchar si no querían que la hambruna acabara con ellos. Estos nativos habían mermado la población de monos y pequeños mamíferos de la zona, pero había un animal que proliferaba a sus anchas, un animal que aun no siendo sagrado, era intocable. Este animal era el mono aullador. Un animal que emitía un chillido tan aterrador que los propios nativos creían que eran demonios salidos del infierno, por lo que cada vez que veían uno se apartaban de su camino por miedo a que se pudieran llevar su alma.

Esto a priori puede no tener importancia para un españolito que duerme en la cálida camita de su casa de gran ciudad. Pero para un viajero en Costa Rica, esta leyenda cobra gran importancia, ya que si los nativos no hubieran sido tan estúpidos y hubieran llevado al borde de la extinción a estos pequeños cabrones, yo aquel día me podría haber levantado media hora más tarde… Vale, vale, he sido un poco insensible, pero es que despertarte con ese grotesco aullido cuando estás en plena pesadilla y sin ni si quiera una multiusos cerca, pues como que te estresa un poquitín. De todas formas ese día teníamos que madrugar, porque de nuevo teníamos una excursión al alba, ya que todos los animales diurnos, como pudimos comprobar con el aullador, tienen su actividad más alta a primeras horas de la mañana, y puesto que la excursión consistía en un paseo por los canales observando la flora y la fauna, pues que mejor hora para levantarse que a las 5am.

Cogimos la mochililla, el chubasquero por que vimos que el suelo estaba completamente mojado por las lluvias de la madrugada y por supuesto la cámara de foto, de la que no me despegaba, excepto en la excursión de la noche anterior, por “respeto” hacía las tortugas. Desayunamos rápidamente (más de lo mismo) y fuimos al embarcadero para comenzar nuestra travesía.

No puedo hablar científicamente, pero creo que todos los animales del lugar son unos perros, me refiero a unos flojos rematados, porque si a primera hora de la mañana es el momento de más actividad de sus vidas, como se comportarán cuando llegue la tarde. Los pájaros estaban todavía apoyados sobre una de sus patas, los cocodrilos no daban señales de vida y las iguanas ni se molestaban en girar la cabeza para mirarnos; para colmo, comenzó a llover. Chubasquero cerrado hasta arriba, gorrito y cámara al macuto. Es cierto que no hacía frío, que ya andábamos con la ropa humedad desde que llegamos a Tortuguero, por lo que tampoco importaba el mojarse, pero joder esperaba que con la lluvia viéramos algo más de actividad, no se, algún mono sacudiéndose el agua, pero creo que lo único que se sacudían era lo que tenían entre las patas inferiores. En fin, fue una excursión un poco fracaso en lo que a fauna se refería, aunque no puedo decir lo mismo sobre la flora y los propios paisajes que, a pesar de la lluvia y la oscuridad que se cernió sobre nosotros cuando las nubes empezaron a ocultar el sol, tomaban un aspecto casi mágico en aquellos canales perdidos de la mano de Dios.

Tras llegar de nuevo al hotel nos quitamos la el chubasquero y la ropa,  nos pusimos el bañador y nos fuimos a bañarnos en la piscina, con lluvia o sin lluvia daba igual, en la piscina nos mojaríamos a mojar igualmente. Curiosamente salió el sol.

Fue una mañana tranquila, relajada, que pasamos juntos a unos cuantos compañeros de viaje, los cuales nos contaban sus anécdotas durante este y otros viajes que habían tenido en años anteriores. La verdad es que muchas de ellas fueron de lo más divertidas y algunas casi increíbles pero ya se sabe lo que pasa en cuanto pones un pie fuera de casa… que tienes tu vida vendida y acabas sobrevolando alguna selva en una avioneta monomotor del 77, o a oscuras y medio en bolas en un Hammam de algún sucio callejón del pueblo más perdido de Marruecos, o incluso preguntando por una buena playa cercana y acabas en una cala saturada de Nápoles donde la toalla del que está al lado tuya está encima de tu frente y sus deposiciones flotando por toda la orilla.

El almuerzo fue… bueno, se supone que al menos hipervitaminados estaríamos por un tiempo, porque vaya lote de verduras, frutas y zumos… El problema es que eran siempre las mismas.

Y de nuevo estábamos preparados en el embarcadero para una nueva excursión. Este viaje no se caracterizaba por el aburrimiento. Esta vez nuestro destino sería el pueblo de Tortuguero y su playa. Y a lo mejor pensareis “Pero si es la misma excursión que hiciste la noche anterior para ver a las tortugas”, pues sí, lo es, pero bueno, no es lo mismo ir al parque de día que de noche. Por el día las madres llevan a los niños a pasear y por la noche los encargan. Pues la noche anterior las tortugas ya los habían encargado, ahora tocaba verlos pasear. El problema es que veníamos con uno o dos meses de antelación. Así que como no teníamos maquina del tiempo los que paseamos fuimos nosotros. Y vimos la selva, la playa, el mar, y todo el miedo que sentíamos la noche anterior se convirtió en vergüenza al saber que nos habíamos comportado como niños pequeños asustándose del monstruo del armario. No obstante, y a pesar de las risas y comentarios acerca de las barracudas y los jaguares, nadie se separó del guía, ni para bañarse ni para hacer un pipí entre los árboles.

Después de dejar la playa, nos pasamos por el pueblo, donde pudimos comprar un coco para beber, mirar algo de artesanía propia del lugar y mezclarnos un poco con aquella cultura que cada vez nos parecía más cercana.

A la vuelta, y aun quedando un poco de tarde aprovechable, volvimos a sumergirnos en la piscina, donde pudimos deleitarnos con unos canapés típicos de Costa Rica, así como de una fruta que hasta ahora no había ni escuchado nombrar y que se trajeron dos compañeras mejicanas del propio pueblo de Tortuguero (preguntaron por la fruta y rápidamente uno de los que pasaban por la calle salió corriendo y les trajo seis o siete de no se donde). Eran las llamadas manzanas de agua, las cuales tenían un sabor que no sabría describir, sería algo así como morder un cuchillo untado en ambientador. Pero aun así, tenía “un no se qué” que hacía que volvieras a querer pegarle otro bocado, supongo que como otras muchas frutas y frutos, tendría su parte adictiva.

Tras cenar (y no haré comentarios) acabamos todos juntos jugando a las cartas en el chiringuito, riéndonos y probando cócteles y cervezas que no habíamos probado antes. Yo me apunté una nueva, una Pilsen que venía en botella grande y que tenía un sabor muy familiar, si es que sueles beber nuestras cervezas nacionales.

Ya en la habitación, después de recoger un poco las maletas, ya que al día siguiente cogíamos de nuevo el barquito, esta vez no para hacer una excursión, sino para partir hacia nuestro próximo destino, nos echamos por fin en la cama, después de otro largísimo día y fue cuando descubrí, que nuestra habitación, junto con dos más en todo el hotel eran las únicas que tenían caja fuerte y wifi gratuito… Recuerdo que esa noche lo único que hice en Internet (y es que nunca me he preocupado mucho en las noticias para saber cómo marcha el mundo cuando estoy fuera) fue mandarle un mensaje a mi hermana que decía más o menos “Estamos ahora mismo en Tortuguero. Sin cobertura. Lloviendo a mares. Con sonidos de bichos por todas partes. Con monos, arañas, tucanes, ranas y caimanes…” No os lo he dicho pero después de intentar ver algún cocodrilo en las varias excursiones, nos encontramos uno en el hotel, en el riachuelo de al lado del comedor… interesante, por no decir inquietante) “…Alejados del mundo. Con solo acceso al hotel por lancha. Sin vehículos terrestres. Solo selva… y el whatsapp”.

DN: DÍA DOS (3º) – EL MILAGRO DE LA VIDA

Si hay alguna zona por la que se le conozca a Costa Rica, y hablo de zona, no de efecto meteorológico, porque para eso la respuesta ya sabéis cual es, pero si hay alguna zona por la que se la conozca, esa es Tortuguero.

El Parque Nacional Tortuguero es una porción de tierra (19.000 km2) bañado por el Mar Caribe y constituido por un gran bosque tropical húmedo (como nota indicar que aquí llueve durante todo el año -qué novedad-). Recibe el nombre este parque de la multitud de tortugas que anualmente llegan a desovar en sus playas, tortugas tan preciosas como la Carey o tan gigantes como la Baula. A priori, y sobre todo al que no le guste la naturaleza y prefiera irse a ver grandes construcciones a Egipto, esto puede parecer algo vano, unos bichos tontos y lentos que ponen huevos en la arena. Pero al auténtico amante de la naturaleza, esto le parecerá unos de los espectáculos más hermosos jamás visto. Pero dejémonos de datos y de opiniones sobre las tortugas y volvamos al hotel Evergreen, que era donde nos hospedábamos.

Nos hallábamos en la habitación / choza descansando después de ese madrugón a las 4:30 de la madrugada. No podíamos dormir, ya que el cansancio y la emoción se mezclaban junto con los sonidos de la selva. Ranas, pájaros, monos…, todos entonando su cántico en un descompasado coro lleno de vida. Nunca pensé que algo tan ruidoso me pudiera gustar tanto.

Aun teníamos las botas de agua, no tan sucias como en la excursión, puesto que pudimos lavarlas en un grifo que aparecía de la nada en medio de la selva, pero con signos de hierba, tierra y sudor. Aunque a lo mejor, vosotros, queridos lectores, no lo supierais, lo primero que hicimos tras soltar las maletas en la choza al llegar esa mañana fue ir sacar la excursión nocturna de rastreadores, mal llamada por cierto, ya que nosotros no seríamos los rastreadores, sino más bien los que esperarían a estos, que son las personas encargadas de encontrar a las tortugas en la oscuridad para indicarles a los guías donde tienen que ir.

Desde chiquititos, a Rosa y a mí, nos han gustado las tortugas, incluso a ella más que a mí, y tras ver en numerosos documentales el desove de las tortugas gigantes no podíamos perder la oportunidad de estar en un lugar como aquel y no hacer la excursión esta. Por muy cansado que estuviéramos y a pesar de poder hacerla al día siguiente, no quería tentar a la suerte, puesto que hay noches que no se ven llegar a las playas. Por lo que sacamos la excursión para ese mismo día y la sacaríamos al día siguiente si hiciera falta en caso de no poder verlas. Aquí sí que el dinero, el cansancio o la lluvia no importaban. Habíamos venido con un objetivo a Costa Rica, y aunque tuviera que estar toda la noche haciendo “La danza de la tortuga loca” con tal de atraerlas, no me iba a ir de allí sin contemplar aquel espectáculo.

Después de preguntar a los compañeros de viaje que fuimos conociendo durante ese día y con los que nos reuníamos en la piscina o en el chiringuito, si ellos llevarían las botas de agua (botas que debíamos devolver al finalizar la anterior excursión pero que nos quedamos -prestadas- por si acaso), decidimos con todo el dolor de nuestro corazón dejarlas en su sitio, puesto que al parecer no habría tanto barro como en la excursión anterior, pero sabiendo que llevábamos tanto ropa, como calzado escaso (la mierda de las limitaciones de peso en la maleta) no queríamos ensuciárnoslo más de la cuenta, ya que entre la lluvia, el sudor y que allí no se seca nada de lo que laves debido al maravilloso clima del “bosque húmedo”, el tener algo sucio implicaba seguir con ello sucio.

Así que después de la piscina, la cenita y los dos kilos de anti mosquito rociado por todo el cuerpo, y la consiguiente pulsera de marras, ya estábamos en el embarcadero dispuestos a tomar contacto con uno de los animales más antiguos sobre la faz de la Tierra.

El barco, una vez más, nos llevó hacia nuestro destino, en este caso, el pueblo de Tortuguero. Allí nos reunimos en grupos de diez, puesto que según una nueva ley de protección de las tortugas marinas en Costa Rica, estás deberán ser molestada lo mínimo posible durante su desove, para lo cual se prohíben cámaras, luces blancas, ruidos, grupos mayores a diez personas, etc. Cada grupo era guiado por una persona la cual antes de hablar con nosotros se acercaba para la rifa. Y os preguntareis qué es eso de la rifa, no os preocupéis, yo también me lo preguntaba, sobre todo después de ver llegar a nuestro guía, el cual casi sin presentarse dijo: “Vamos, démonos prisa.” Y de esto modo todos lo seguimos mirándonos unos a otros. Pero lo que más me extraño no fue eso, sino las risitas y comentarios que le hacía una guía a su grupo al vernos pasar.

Después de quince minutos andando a un ritmo bastante acelerado me dio por preguntar entre jadeos de qué iba todo aquello, y el guía, muy amablemente, pero con un tono algo irónico, nos explicó que la playa se dividía en sectores y que cada sector venía a medir unos cien metros de largo. Esto se hacía para que los grupos no coincidieran en los mismos sectores, y así no estresar a las tortugas que pudieran llegar a un sector determinado. Curiosamente el sitio desde donde partíamos estaba cerca del sector 22 ó 23, y parecía que la guía risueña le había tocado el 26, pero la “buena mujer” no se reía de la felicidad de solo tener que andar 300 metros, sino de que a nosotros nos había tocado el 57. Más de tres kilómetros de ida y lo mismo de vuelta de vuelta. Y solo teníamos dos horas para hacerlo todo, después, con tortuga avistada o no, nos volveríamos. Sinceramente me puse muy furioso, ya que lo más seguro es que me fuera imposible en tan poco tiempo completar la danza de la tortuga loca.

Durante todo el trayecto estuvimos andando por un sendero que cruzaba la selva e iba paralelo a la playa, sin más luz que la de tres o cuatro linternas que llevábamos en el grupo. Suerte que en el Decathlon no se me olvidó coger una, aunque fuera la más pequeñita, pero suficiente para poder observar como los mosquitos se posaban sobre la camiseta de los compañeros mientras hacían el intento, efectivo en muchos ocasiones, de robarles algo de sangre.

Después de no sé cuánto tiempo, por fin llegamos al tan esperado sector 57 donde nos habían dicho que había una tortuga estaba regresando. Pero, antes de proseguir quiero comentar algo sobre esta excursión y su objetivo. El programa de rastreadores pretende mostrar al viajero lo que ellos consideran las tres fases de la puesta de huevos. No garantizan que se puedan ver todas las fases, es más, no garantizan que se pueda ver ni si quiera una de ellas, pero si tenemos suerte podríamos coger a una tortuga que estuviera saliendo del mar y así ver todo el proceso desde el comienzo. Las fases, como he dicho, son tres. La primera es la salida de la tortuga del mar para la búsqueda de un lugar donde hacer su nido, así como la construcción del mismo. La segunda fase es el desove como tal y la tercera es la “ocultación” del nido y posterior regreso de la tortuga al mar. En este caso, nos habían dicho que había una tortuga que estaba regresando, hablamos por tanto de la tercera fase. Esto nos garantizaba que podríamos verla, pero no que pudiéramos ver el resto del proceso. 

El guía nos indicó que apagáramos las linternas y en ese preciso instante nos dimos cuenta de la oscuridad que nos envolvía. Era tal, que los ojos tardaron en acostumbrarse bastante. Casi a ciegas bajamos a la playa y solo alumbrados por una tenue luz roja fuimos en busca de aquel gigante prehistórico.

Era una Tortuga Verde Marina del Atlántico. Cerca de metro y medio, más de doscientos cincuenta kilos. Una auténtica maravilla. Claro está, hasta que la pude ver con claridad pasaron cinco minutos. Entre lo oscuro que estaba, las sombras que proyectaban los árboles y el color tierra del ejemplar no sabía muy bien si estaba mirando a una majestuosa tortuga o un surtidor de gasolina. Pero en cuanto mis ojos ya estuvieron perfectamente adaptados a aquella luz, la pude ver con toda claridad. No tenía ni idea de que realmente fueran tan grandes, tan hermosas. Vi como paso a paso se encaminaba hacia al mar, con sus grandes aletas, lentamente, pero sin descanso. Fue maravilloso ver como la primera ola empapaba su cabeza y ella en un esfuerzo más se adentraba en la orilla, dejando que las olas la cubrieran poco a poco. En unos escasos segundos, y como si toda su torpeza desapareciese como la arena de su caparazón, la tortuga se adentró en el mar y desapareció de nuestra vista. No sé si podríamos ver las otras dos fases, pero solo por esto había merecido la pena el viaje.

No pasaron más de dos minutos cuando alguien alto, con pinta desgarbada y una linterna roja en la mano se acercó a nuestro guía. Habían encontrado una tortuga muy cerca del sector y puesto que nos habíamos quedado con las ganas, fuimos corriendo a ver qué es lo que estaba haciendo. Fue maravilloso cuando el guía tras haber echado un vistazo por su cuenta, se acercó y nos pudo comunicar que estaba a punto de poner los huevos y que deberíamos esperar un poco a que terminara de hacer el nido y que el propio rastreador que había venido hiciera un pequeño hueco para poder verlos mejor. Fue una espera interminable, y la oscuridad y el cansancio no ayudaban a poder mantenernos en pie, pero nadie se quería sentar, eso hubiera sido, no ya como echarse en los brazos de Morfeo, sino directamente como follárselo. Estábamos rendidos y el guía lo sabía, así que a pesar de ser poco hablador, decidió dirigirse a nosotros.

– Bueno, veo que estáis algo cansados, pero es que esta es la única forma de poder ver a las tortugas en este precioso proceso. Además pensar en que los pobres rastreadores están aun más cansado que vosotros. Y eso que se juegan la vida todas las noches.

– Y eso ¿por qué?- preguntó una voz al fondo.

– Ellos vienen solos por la playa para buscar a las tortugas, pero en esta playa no solo están ellos, aquí también habitan jaguares.

– ¿Jaguares?

– Sí, ellos salen por la noche y aprovechan que vienen las tortugas a desovar para arrastrarlas hasta la selva y allí devorarlas. Y más de una vez ha llegado un rastreador buscando una tortuga y se ha encontrado a un jaguar de cara-. En ese momento, creo que a todos se nos abrieron los ojos como platos. Supongo que en Costa Rica no hay excesivos búhos, pero en aquel momento al menos diez surgieron por mutación espontanea. – ¿Qué haríais vosotros si os encontrarais a un jaguar de frente?

– Salir por patas-. Respondió uno.

– Tirarme al mar-. Contestó otra.

– Pues, tú y tú estaríais muertos-. Puntualizó el guía. – Los jaguares ven presas en todo lo que huya de ellos, por lo que si corréis, os dará caza, y si tenéis la brillante idea de meteros en el mar lo suficiente para que no os coja el jaguar, el fuerte oleaje, los tiburones y las barracudas darán buena cuenta de vosotros-. Definitivamente le habíamos pegado una patada en los cojones a Morfeo tan fuerte que lo habíamos mandado de nuevo al Olimpo con salvoconducto y todo. Creo que no dormiríamos hasta estar en nuestra habitación con la llave echada y la navaja multiusos entre los dientes.

Pero el rastreador llegó corriendo indicando que la tortuga ya estaba poniendo los huevos, y entre el grupo se escucharon pequeñas risas de nerviosismo (no sé si por la emoción o aun por el acojone). De todas formas puede parecer, como dije antes, algo tonto e insulso toda esta excursión. Frikis de la naturaleza, a oscuras, esperando horas para ver como reptil lento y gordo pone pelotitas de pingpong en un agujero, pero si estás allí, con la luz de las estrellas como techo, la brisa dándote en la cara y tumbado al lado de un gigante como aquel, si estás allí, y encima contemplando algo tan espectacular como el milagro de la vida, eso no tiene precio. Para todo lo demás… sácate una MasterCard y paga en seis cómodos plazos como hicimos nosotros.

Y en fin, allí estábamos, tumbados en la arena, apenas a una cuarta de ella, viendo como poco a poco iba colocando aquellos huevos, que, efectivamente, se asemejaban tanto a las pelotas de pingpong que daba hasta miedo pensar en que la próxima vez que jugara podría romper alguna. Cuando terminó, comenzó a tapar el nido. Utilizaba las aletas traseras para aplastar la arena y las delanteras para echar tierra encima. La verdad es que había que tener cuidado si no querías ponerte de arena hasta los ojos. Fue todo un espectáculo que el guía dio por concluido al ver como una tercera tortuga estaba llegando y empezaba a cavar su nido. Habíamos visto el proceso al revés, pero a fin de cuenta, el objetivo de la excursión se había cumplido. Ver las tres fases del proceso.

Justo al salir de la playa y preparándonos para hacer los tres kilómetros de vuelta, una de las acompañantes se cayó con un tronco y estuvo a punto de hacerse mucho daño por lo que el guía decidió ir atrás del grupo y mandar a alguien con una linterna a que hiciera de “guía”, a que no sabéis a qué dos pringados mandaron a liderarlos… pues, sí, efectivamente a nosotros. Y fue en ese preciso instante, mientras estábamos delante de aquel sendero que atravesaba la selva, alejados del guía, con la oscuridad rodeándonos, y unos murciélagos que se tiraban en picado hacia nosotros cuando me hubiera gustado tener una máquina del tiempo para ir al pasado y ordenarle a mi yo de hacía dos semanas que se comprara una jodida linterna en condiciones y una camisa con la que pareciera un puto arbusto.

La excursión terminó sin percance alguno y antes de que nos diéramos cuenta ya estábamos en la camita pidiéndole perdón a Morfeo por haber sido tan cagados. Y este, sin vacilar, nos perdonó, porque como siempre ha hecho cuando se lo hemos pedido nos acogió entre sus brazos… aunque ahora que lo pienso, el muy cabrito se dio prisa en hacerlo… igual quería que nos olvidáramos de cerrar la puerta con llave y agarrar la navaja multiusos entre los dientes.

DN: DÍA DOS (2º) – UN RESORT EN ESPÍRITU

El embarcadero era muy simpático, todo de maderita, con unos bancos tallados en el mismo material y un techado de lo más autóctono. En fin, resultón pero nada ostentoso. Y detrás de este, un pequeño caminito que daba a un sencillo chiringuito, y luego solo selva.

En este mismo chiringuito, tras un cóctel de bienvenida nos dieron las llaves de la habitación, y entonces fue cuando lo comprendí todo. Las habitaciones eran grandes chozas en medio de la nada, o del todo, según se mire. No había super restaurantes, macro piscinas, gimnasios con spa ni nada que se pudiera parecer a los hoteles que habíamos visitado años anteriores en Riviera Maya o Punta Cana. Aquello, era naturaleza, simple y brutal naturaleza, poco más.

Ahora después de haber vuelto del viaje, entiendo la filosofía de este país al respecto de los parques naturales, y sinceramente me hubiera desilusionado una barbaridad que hubieran hecho un resort en medio del aquel bellísimo paraje.

Las habitaciones eran casas levantadas del suelo por unas vigas de madera, al igual que todos los caminos que conducían a ellas. Las paredes solo estaba construidas hasta un metro de altura, el resto, hasta los altos techos eran inmensas mosquiteras, o mejor dicho insecteras, porque allí había de todo menos elefantes (esa noche pondríamos a prueba nuestros megantimosquitos y nuestras pulseras de poder erradicativo). Un pequeño cuarto de baño, así como dos porches completaban la “habitación”. El resto de las instalaciones del hotel eran muy normalitas, exceptuando por la piscina, que aunque pequeña, tenía una forma muy simpática.

Después de comer en un buffet muy corriente nos fuimos a buscar el material necesario para la primera excursión. Unas botas de agua. Para ello te tenías que adentrar en una casetilla digna de las pelis de miedo tipo “Viernes13”donde estaba llena de material de jardinería así como de unos 70 pares de botas de aguas. Por supuesto no estaban ordenadas. Y entonces es cuando  te viene a la mente aquellos juegos como el “memory”, donde te enseñaban una figura y tienes que buscar la igual entren un montón más que estaban dadas la vuelta. Aquí era muy parecido pero con algunas diferencias. Por lo pronto las botas tenían tres tipos distintos de altura y dos tipos de tallaje diferentes (ingles y… no se cual otro, pero español seguro que no era). Si conseguías dos números iguales tenías que ver si te quedaban bien (claramente no te quedarían bien) y tendrías que buscar números más pequeños o grandes, pero siempre sin saber cual. Cuando hallabas un par que te estuviera bien, deberías de comprobar que no te hicieran daño, por eso de la caña alta y tal, cuando ya después de muchos sudores conseguías tus botas perfectas, debías de comprobar que no estuvieran rajadas y le entraran agua… a todo esto, comenzó a llover, y es que la suerte no nos podía durar, estábamos en Costa Rica, y si hablamos de lluvia…   

Llegamos justo a tiempo para hacer la excursión que consistía en coger el barco (ya sabemos que aquí todo movimiento es a patita o por barquito) para ir al hotel hermano del que estábamos y comenzar desde allí una ruta de senderismo de lo más particular. Casi comemos barro, casi comemos follaje, comimos arañas… Pero la verdad que la ruta nos desveló una infinidad de plantas y animalillos de lo más curioso, destacando a los monos capuchinos y a los perezosos de tres dedos. Y después de unas fotillos, fango hasta la altura tope de las botas de agua y mosquitos que picaban a través de la camiseta (sobre la utilidad de la pulsera y el líquido antimosquito hablaré en la siguiente parte) por fin volvimos a nuestra humilde morada. Teníamos unas horas antes de llegar al momento álgido del día, o mejor dicho del viaje. Todo por lo que habíamos deseados siempre hacer este viaje estaba al alcance de la mano. Solo teníamos que ser un poco más pacientes. Solo un poco más.

 

DN: DÍA DOS (1º) – UNA MAÑANA DE FURGONETA Y BARCO

Amaneció temprano, pero nosotros una vez más le ganamos la partida al sol. Al abrir los ojos tras escuchar de nuevo ese “Pi, pi, pi…” el reloj nos estaba marcando las 4.30 de la mañana.

Desayunamos poca cosa, era tan temprano que la cafetería del hotel a penas tenía nada decente para llevarnos a la boca, pero como siempre el buen surtido de infusiones y cafés no faltaba. De todas formas, esto no nos preocupó mucho, ya que nos habían advertido que nos darían un energético desayuno de camino a Tortuguero, y es que el día anterior, en esos momentos de “pasar el rato” por la tarde estuvimos viendo los hoteles, horarios, excursiones y comidas que venían incluidas en el viaje, y pudimos comprobar que en Tortuguero teníamos una  pensión completa para los dos días. El porqué, pues fácil, en Tortuguero no hay nada. Es decir, te dejan en medio de la selva y te dicen aquí está tu hotel, el resto son plantas y bichos. Vamos, como que no vas a poder llamar al Telepizza para cenar.

Así que tras esperar un poco en la puerta del hotel (o quizás fueron ellos los que nos tuvieron que esperar a nosotros debido a un café demasiado caliente, no recuerdo bien) nos montamos en la furgoneta que nos llevaría a Tortuguero. Curiosamente estaban nuestros compañeros catalanes del día anterior con una cara de sueño (no sabemos si por el jet lag o por el tema de estar recién casados) que daban penita.

El trayecto fue entretenido, vimos algo de las ciudades, de los pueblos, de las chavolas (pareciese que estuviéramos con cada kilómetro haciendo un viaje en el tiempo al pasado), de sus plantaciones de café, de piña y hasta de plátanos, con su peculiar sistema de transportes en el cual colgaban los racimos en unos cables como si fueran cabinas de teleféricos y cuando tenían de diez a veinte colgados un trabajador empezaba a correr tirando de una cuerda que los hacía deslizarse por los cables, acarreándolos de este modo por toda la plantación hasta donde debían ser almacenados.

A las dos horas o poco más paramos en un restaurante rodeado de grandes árboles (donde se escondían las venenosas ranitas flecha roja y azul) para comer uno de los platos más típicos del país, el gallo pinto, un plato compuesto de (aunque hay variantes) arroz, frijoles, huevo, salchichas y plátano frito, vamos, algo muy parecido al arroz a la cubana. En este punto ya nos despedimos de nuestros compañeros, ya que ellos cogerían un bus hacia otros hoteles mientras que sin saberlo nos sentábamos al lado de unos futuros nuevos compañeros.

Otro montón de kilómetros y… al agua patos. Y es que para poder acceder a la zona del pueblo de Tortuguero, así como a la de los hoteles, se hace siempre por embarcación. Y es que allí no “existen” los vehículos terrestres motorizados, por lo que tanto maletas como personas deben de ir en embarcaciones para llegar a su hotel. No negaré que el paseo es largo, pero bonito, plantas de un verde intenso rozaban y se adentraban en el río color tierra oscura, lo cual creaba un contraste espectacular pero a la vez no nos dejaba ver a los tan ansiados y temidos cocodrilos. Sinceramente esperábamos poder ver esa orgía de sangre y huesos partidos, carne desgarrándose en jirones y cuatro o cinco grandes cocodrilos pugnando por llevarse el trozo más suculento del pobre e indefenso ñu, pero en cambio, solo vimos “agua sucia” y muchas ramas entrando y saliendo a la superficie. Al menos las que eran marrones, junto con los troncos caídos nos hacían pensar ilusionados en la posibilidad de que fuese algún caimán camuflado a la espera de alguna desprevenida presa.

Y así, kilometro tras kilómetros, mientras nos adentrábamos cada vez más en aquella recóndita selva comencé a pensar en cómo habrían podido un puñado de personas construir aquellas mega estructuras hoteleras, que en otros países centro americanos conseguían invadir como hongos todas las costas, comó habrían podido ser levantadas en un lugar donde ni siquiera podían llegar las furgonetas con los trabajadores del hotel. 

Pero al llegar lo comprendí todo. El misterio estaba resuelto.

 

DN: DÍA UNO – UNA LARGA JORNADA

–        Pi pi pi…

–        Jodido despertador, pero, ¿qué hora es?

Son las 5a.m. y ayer me acosté pasada la media noche.

Pensaba que las maletas estaban más o menos hechas, pero era menos que más, y el día anterior estuvimos hasta las tantas preparando las últimas cosillas pendientes, que no eran pocas, la verdad.

Un día largo nos quedaba por delante, y de eso no seríamos conscientes hasta acostarnos esa noche, a miles de kilómetros de nuestras casa, en el Hotel de San José.

Los primeros trayectos fueron cómodos. Quizás la ilusión, quizás el sueño hicieron que casi no nos enterásemos del coche que tomamos para ir a la estación de trenes, tampoco nos enteramos mucho del AVE que luego tuvimos que tomar para ir a Madrid, sobre todo porque íbamos en preferente (eso de sacar los billetes con anticipación, hace que te salga más barato sacar un preferente que un billete normal por agencia). Pero ya en Madrid, la cosa cambió, ahí si tuvimos que esforzarnos un poco más en coger las tres líneas de metro necesarias para llegar al aeropuerto, y es que cuando unos chicos del sur se pasan por la gran capital del país, el cambio de velocidad que sufren hace que se le revolucionen todas las neuronas, por lo que los sentidos empiezan a agudizarse para que no te atropellen en las escaleras, para que no te cierren las puertas en las narices, para que no te roben la cartera o para que no te pongan el sobaco en la cara.

Al llegar al aeropuerto vino lo más gracioso. Dos horas, dos horas de antelación y nos dicen que estamos en lista de espera y que posiblemente no salgamos hoy. Que putada con la mierda del overbooking. Pensábamos reclamar, ya que la agencia nos garantizó el vuelo para ese día. Pero la chavala del mostrador nos comentó todo el “rollito” que hay entre compañías aéreas, agencias y operadores, y que a las malas si nos quedábamos en tierra, nos garantizarían el vuelo para el día siguiente y nos devolverían 600 pavos por cabeza, ¡bendito overbooking! De todas formas, nos dieron una tarjeta “provisional” de embarque y nos dijeron que nos apresuráramos a ir a la puerta de embarque por si unos italianos que debían de embarcar no llegaban a tiempo pues su vuelo de conexión venía con retraso. No se cuantos kilómetros andamos. Cintas transportadoras, puertas, arcos de seguridad, colas y más colas, coño, hasta un metro para moverte dentro del propio aeropuerto. Al final llegamos por los pelos, con las puertas casi cerradas y ya sea por suerte o por desgracia, nuestros asientos, o mejor dicho, el de los italianos estaban disponibles para ocuparlos,  por lo que Costa Rica quedaba ya un poco más cerca.

Ocho horas de viaje, de estar sentados con el culo como ensaimadas mayorquinas,  y eso que tuvimos suerte, pues fueron solo ocho y no nueve como marcaba el itinerario. Así que llegamos una hora antes, hora que estuvimos que estar esperando luego en el aeropuerto a que pudiéramos salir con destino a los distintos hoteles. No os voy a detallar esas ocho horas, ya os comentaré si acaso el viaje de vuelta, no quiero repetirme en exceso, pero lo que si os diré será la sensación que tuve al bajar del avión. Para eso os tengo que hacer una pequeña cuenta para que os hagáis mejor a la idea. Recordáis que nos levantamos a las 5a.m. con ese “pi, pi, pi…” Que cogimos el AVE a las 7 más o menos, y que conseguimos montarnos en el avión sobre las 12:15. Pues después de 8 horas de vuelo, la recogida de equipaje, la aduana y el cambiar unos euros a colones (moneda del país en honor a el simpático Cristóbal Colón, ese hombre que tanto hizo por sus ancestros, que abrió la puertas para que las civilizaciones más avanzadas pudieran colmar de viruela, robos y matanzas a los indígenas de la zona), puediéramos por fin salir al aire libre y decir: “Pero no era ya de noche, si son las 9:30p.m.” Pues no, no son las 9:30, sino las 2:30 de la tarde. Y es que nuestro viaje había en avión, a computo mundial había durado apenas una hora a pesar de que hubiéramos estado ocho horas con el culo pegado al asiento.

Durante el tiempo de espera tuvimos tiempo de entablar amistad con unos viajeros que llegaban desde Cataluña, ese país, digo comunidad autónoma, al noreste de España, que venían de viaje de novios. Estuvimos algún tiempo charlando, hablando de los hoteles en los que íbamos a estar (curiosamente no coincidíamos en ninguno) y de la percepción que nos daba Costa Rica, la mía ya la sabéis… jodido día más largo, y yo con un sueño que me caía.

Tras cargar las maletas e ir dejando uno a uno a todos en sus hoteles correspondientes (ni que decir tiene que el último al que dejaron se cagaría en todo por la lejanía de su hotel, el tiempo que perdió en el bus y por supuesto por comprobar lo guapo que eran muchos de los hoteles en los que habíamos ido dejando a la gente), nos despedimos de los nuevos amigos y con algo de suerte nos dejaron en la tercera parada.

El hotel no era gran cosa. Se encontraba a las afueras de la ciudad en una especie de macro aparcamiento donde estaba como he dicho, el hotel, un restaurante mejicano muy elegante, otro especialistas en pollo que no daba buena espina y un Pizza Hut, que por cierto me dio mucha alegría verlo puesto que en Sevilla los han quitado casi todos para poner la cadena Domino´s Pizza. La habitación del hotel estaba bien, no era chica y estaba limpia. La cafetera / tetera no faltaba, por supuesto nos llevamos los “cafeles” e infusiones, no porque seamos de los que arramplan con todo en los hoteles llevándose desde el peine de plástico hasta el papel del váter, sino porque las marcas de estos productos, aparte de ser buenas no se consiguen en España. Otro punto importante del hotel era que la piscina nunca cerraba. 24h. abierta, y digo yo: ¿Cuándo coño la limpiarán, y de qué forma?

Quisimos dormir algo, pues estábamos reventado, pero sabíamos que al día siguiente deberíamos de madrugar de nuevo, y si nos dormíamos, por la noche no pegaríamos ojo. Así que nos planificamos el viaje, mandamos algunos correos por el móvil (todos los hoteles tenían conexión a Internet por WiFi gratuita), nos duchamos, nos vestimos (no deshicimos la maleta, pues al día siguiente estaríamos en marcha de nuevo hacia nuestro destino en Tortuguero, recordad que teníamos que pasar tanto la noche de ida como la vuelta en la ciudad) y nos llevamos un cuarto de hora dando vueltas por el aparcamiento para decidir donde entrabamos a comer. Al final fue el en “mejicano de lujo”.

Sinceramente, la comida era muy buena, y pude pedir una cerveza que nunca había probado hasta ahora, la Bavaria Dark, la cual me sorprendió al ser bastante más refrescante que otras de las consumidas en España normalmente. El local estaba muy bien decorado, con lámparas en forma de estrellas, ambiente agradable, cascada de agua a nuestras espaldas y lo más importante, aunque desentonara, el menú ejecutivo por 3.600 colones, al cambio algo más de cinco euros. Y aunque como digo la comida fue esplendida, algo tuvimos que hacer mal porque al pagar nos cobraron algo así como unos 42 dólares, es decir 30 euros, por lo que creo que lo que pedimos no entraba en el menú ejecutivo, o la jodida cerveza era más cara de lo que pensaba, pero después de llevar unas 22 horas sin dormir como que la cabeza no funciona igual de bien, así que decidimos pagar (llevábamos dinero de sobra) e irnos a la habitación para aprovechar los efectos del alcohol y poder dormir lo suficiente para estar al día siguiente lo más fresco posible, ya que nos esperaba de nuevo una larga jornada, pero era esa precisa jornada el motivo por el cual desde hacía ya varios años habíamos querido hacer este viaje.

 

DIARIO DEL NAVEGANTE (DN)

DÍA CERO – LA LLUVIA.

Hemos entrado en septiembre y ya ha comenzado a llover.

Lluvia, bendita lluvia. En justa medida. Maldita lluvia por exceso o defecto. Supongo que como todo en esta vida.

Pero si hablamos de lluvia no me remitiré ahora mismo a otra cosa que no sea Costa Rica, y es que este verano he tenido la maravillosa oportunidad (aunque mi bolsillo no opine igual) de poder viajar a Costa Rica.

¿Qué decir de Costa Rica? Que llueve, vale, eso seguro, pero qué más podría contaros de este hermoso país, pues ni puta idea porque como no entiendo de historia, ni de política ,ni de geografía de este hermoso país… bueno la verdad que casi de ninguno, comenzando por España. Bendita ignorancia, porque si a día de hoy entendiera de política igual me arrojaba a las vías del tren (a ser posible de un Ave para no sufrir mucho).

Vamos, que como no se mucho de este país igual es mejor que os cuente un poco del viaje que hemos hecho, así como de las sensaciones que tuve durante el trayecto, de esta forma, a lo mejor os podéis hacer una pequeña idea de que os podréis encontrar si ahorrando lo suficiente os embarcáis en esta divertida aventura.

COSTA RICA – Esencias de Costa Rica.

Y es que este (Esencias de Costa Rica) es el viaje que nos ofrecieron cuando fuimos a la agencia con toda nuestra ilusión para hacer un combinado Costa Rica – Nueva York. Claramente el viaje se llama “Esencias de Costa Rica” como ya he dicho y como podréis deducir no llegamos a ir a Nueva York, si no supongo que se hubiera llamado “Combinado Costa Rica y Nueva York” o “Maravillas de Costa Rica – Explendido Nueva York” o “Nueva York de Compras y Costa Rica de Descanso”, yo que se, cualquier nombre chuminoso que dijera que has estado en estos dos destinos, pero claramente cuando llegamos con nuestra mejor sonrisa y nuestras ilusiones puesta sobre el folleto, la amable y simpática operadora de la agencia de viajes nos dijo:

– Pues bueno, un viaje combinado Costa Rica – Nueva York de unos 17 días…

 – … ¿17 días? Son muchos, no se sí tendré tantas vacaciones (ni sitio en la maleta).

– Es que son 9 días en Costa Rica, ya que necesitas dos de esos días para hacer noche cerca del aeropuerto y los otros 7 que son la semana mínima para ver algo del país, luego pasarás 1 para ir a Costa Rica, otro para ir a Nueva York y otro para volver a España más los 5 necesarios para ver algo de Nueva York sin quedarte con muchas ganas, que te quedarás, ya que con eso le echas un vistazo a Manhatan y poco más. Es decir, un total de 17 días. Y bueno, eso si salís de Madrid, en caso contrario, súmale los distintos trayectos.

– Vaya, no habíamos tenido en cuenta ese detalle. Y bueno, ¿Por cuánto saldría el viaje?

– Pues si no nos vamos a hoteles de lujo, y le metemos solo desayunos en las estancias…

– No, no, métele pensión completa, o bueno, al menos media pensión, por si hacemos excursiones -que ilusos éramos.

– Bien, os voy a pasar primero el presupuesto con hoteles Turista y Turista Superior, y con solo alojamiento y desayuno, y luego si queréis más ya lo vamos viendo.

– Bueno, venga.

– Pues vamos a ver. Metemos los tres vuelos, las tasas de aeropuerto, las de combustible, suplemento por venta no anticipada, los impuestos de salida del país, los trayectos del Ave, la estancia en Costa Rica, los transportes internos, el paquete de excursiones obligatoria, la estancia en Nueva York, de nuevo los desplazamientos al hotel y aeropuerto, seguro médico, seguro de equipaje y seguro de cancelación, y por supuesto, los gastos de gestión. Pero no os preocupéis a esto le sumamos el descuento de la agencia del 5% más el descuento por pagarlo al contado del 5% y por último el descuento de pagarlo todo con tarjeta de crédito que os debereis de sacar en la agencia. Pues con todo esto os hace un total de 3.964 euros, que lo dejaremos en 3.960.

– Uff!, vaya, igual era algo más caro de lo que esperábamos, pero siendo tantos días, creo que está bien el viaje por 3.900 euros.

– 3. 9 6 0 euros… por persona.

– ¡¡¡¿Queeeé?!!!

Diez minutos más tarde.

– Así que Esencias de Costa Rica, ¿no?

– Sí, son solo 12 días y no tienes otros vuelos que encarezcan el viaje. Quizás este esté más al alcance de vuestros… bolsillos.

Tampoco es que lo estuviera, pero un pago aplazado a seis meses hace maravillas, eso sí, no pudiendo disfrutar del 5% de descuento.

Y así comenzó nuestra aventura. Destino: Costa Rica (y solo Costa Rica). Fecha: En la que salía más barato. Componentes: Dos jóvenes (es un decir) aventureros (-ero y –era) con ganas de partir hacía mundos desconocidos, flora paradisíaca y animales exóticos dignos de las novelas de Julio Verne.

Pero antes de emprender nuestra aventura era imprescindible hacer una visita a la mágica tienda de cachivaches para el explorador, también conocida como Decathlon.

Fue una parada algo más larga de lo esperado. Toda una mañana con sus horas, minutos y segundos. Y es que cuando lees las recomendaciones del viaje a Costa Rica te indican que no lleves ropa oscura por el calor, ni ropa de colores vivos por los insectos, la blanca tampoco es buena por algo de la mimetización o que carajo se yo, vamos como si te tuvieras que disfrazar de arbusto para que no te comiera un jaguar. Y claro, posteriormente llegas a la recomendación número 4: Cuidarse de las picaduras de los mosquitos y otros insectos. Pues nada a comprar antimosquitos, pero ¿cúal? Si hay 4 botes distintos. Que si mosquitos tigres, que si pequeños insectos, que si tábanos… Joder me llevo uno de cada clase y lo mezclo en la coctelera de mi casa. Pero cuando te decides vas y pasa por la sección de pulseras antimosquitos… pero vamos a ver, que me he llevado 45 minutos decidiendo que bote coger, y ahora me voy a tener que llevar 20 minutos decidiendo si pulsera o bote… y lo peor de todo es que como elija la pulsera, ahora tendré que pensar durante media hora más cual de las 6 pulseras distintas que hay escoger, y en qué color. Al final acabas llevándotelo todo, ya que no te fías de esos monstruosos mosquitos grandes como un toro y fuertes como oso dopado. Pero claro sigues mirando las recomendaciones y en la séptima habla de llevar linterna… Dios!! ¿Linterna? No había visto tantas linternas en mi vida. Que si de led, de bombilla blanca, con luz roja, acuáticas, todoterrenos, de casco, de llavero, con doble alumbrado, manuales, solares, azules, blancas y amarillas… pero por favor, si no sé ni para que la voy a necesitar, acaso voy a tener que buscar jaguares en la noche. Pues nada, la más pequeñita para que no pese mucho y a tomar por saco.

En fin, no querría enrollarme mucho pero después de buscar la gorra, los pantalones cortos, las camisas transpirables, las botas de trekking, las chanclas, la cantimplora y en fin, todo lo necesario y no tan necesario que te puedas imaginar, sin olvidar por supuesto el chubasquero, porque recordemos que si vamos a hablar de la lluvia, nos tenemos que remitir a Costa Rica sí o sí, tocó pasar por caja… ¡Me cago en la mar salá! Que susto para mí y para mi tarjeta. Si vierais a la pobrecita temblando como un flan cuando le tocaba pasar por la ranura de caja, se agarraba con uñas y dientes para que no la metieran. Pero claramente, después de llevarnos una mañana entera en la Decathlon no íbamos a seguir rebuscando para ver si podíamos reducir un poco la factura, y estaba claro que no íbamos a soltar ni las pulseras ni los espráis antimosquitos, no quería tener que luchar en Costa Rica con esos toros con alas que rondan por la selva.

Pero claro, después de todo esto viene otro punto importante. ¿Cómo voy a meter todo lo que he comprado en el Decathlon, más lo que tengo seleccionado para llevarme en casa, más lo que he tenido que pedir prestado porque ya la tarjeta me hacía un corte de manga cada ves que abría la cartera, en esa maletilla tan pequeña que compré en un chino porque era la que menos pesaba? Veinte kilos, solo puedes llevar veinte kilos, pero es que la maleta ya te pesa cinco, es decir que te quedas con solamente quince kilos, ¡miento!, reserva dos al menos para los regalos. Es decir unos trece kilos. Sabiendo que las botas de trekking último modelo que me compré, con refuerzos en la puntera, doble suela y por supuestos impermeable (os he dicho ya que en Costa Rica llueve sí o también), pesan uno kilito cada una. Ya nos ponemos en once kilos. Y ahora ponte a sumar colonia (¿porqué nadie me dijo que la colonia atrae a los toros voladores?), desodorante, champú, gel, pasta de dientes, espuma de afeitar y demás botes típicos de un neceser, todos con sus correspondientes 200ml, 500ml, etc. Vamos que cuando te paras a pesar la maleta ya vas por 14 kilos y te quedan solo seis para meter la linterna (gracias a que la compré chiquitita), la navaja multiusos, los candados, el despertador (que hay que hacer muchas excursiones a las temprano en punto), la cantimplora, las barritas energéticas (recordemos que vamos con solo desayuno), la toalla, las chanclas, los bañadores, la gorra y, en definitiva, toda la ropa, que por cierto y sabiendo que vas en época de lluvia, pero a fin de cuentas al Caribe, que abarque un abanico tan amplio como el de todas las estaciones del año, es decir, ¿qué carajo me llevo? ¿Para el frío o para el calor? Me llevaré chubasquero y pantalón corto. Es un tour, vas manglares, vas a un volcán, vas a la selva, vas a la playa y vas a la ciudad Repito: ¿Qué carajo te llevas de ropa? Pues la respuesta correcta es: un poco de todo, pero eso sí, con mucho cuidado de no pasarse porque después de la cantimplora, las barritas y todo lo demás solo te quedan 2 kilos y medio para meter la ropa. 

Y así, con los billetes sacados, todo lo necesario adquirido, las maletas hechas (más o menos) y el resto totalmente en orden, ya solo queda empezar este gran viaje que os voy a narrar en lo que he querido llamar el “Diario del Navegante”.

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