Un paseo por la vida

Comenzando un nuevo camino

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Noviembre Plantar

“Y así, como llegó, abandonó aquel lugar, en silencio, con sumo misterio, como una aparición…”

Dos años, casi tres, he estado sufriendo una fascitis plantar que me ha imposibilitado llevar una vida “plena”, una vida donde andar, y no digo correr, se hacía casi imposible, donde acostarse a descansar y no sentir una aguja atravesándote el pie era casi una utopía, donde las almorranas quedaban relegadas a un segundo plano y donde Satanás no me visitaba por si fuese algo contagioso.

Años sufriendo a médicos que no paraban de decir tonterías y terapias que no valían más que para perder el tiempo y machacar las pocas esperanzas que me quedaban. Pero como suele decirse “no hay mal que cien años dure”… en este caso, por suerte, han sido unos años menos, y el secreto no ha sido otro que…

… Bueno, llegados a este punto, debo aclarar una cosa que ya he dicho con anterioridad pero que quiero volver a dejar claro. Yo no soy médico ni tengo los conocimientos necesarios para poder dar consejos sobre la solución de dolencias y enfermedades, pero lo que si puedo hacer, es lo que he hecho hasta ahora, y es contar mis experiencias personales, por lo que prosigo con esta entrada diciendo que el secreto no ha sido otro que la paciencia.

Después de inyecciones, ejercicios, estiramientos, antiinflamatorios, y una larga lista de experimentos varios, opté por tomar una filosofía que hasta ese momento no había probado, y no era otra que pasar del tema, pasar de la fascitis y de todo lo que produjera dolor en la planta del pie. Así que dejé de intentar ir a correr, caminatas largas, plantones innecesarios… eso me llevó a ganar un poco de peso (malo también para esta jodida dolencia), pero un poco de dieta o directamente dejar las hamburguesas del McDonalds hicieron que compensara una cosa con la otra. El calzado también ayudó, puesto que empecé a gastarme en los zapatos ochenta pavos en lugar de veinte, por lo que la comodidad se hizo evidente… pero tengo que admitir, que unas plantillas de silicona o gel de cinco o diez pavos dan el mismo resultado puestas en unos zapatos de veinte. Posteriormente, cuando empecé a notar una leve mejoría y mis andanzas iban siendo un poco más largas me di cuenta que los estiramientos no venían mal, siempre antes, durante y después de estas, no hacía falta muchos tipos distintos de ellos ni demasiado tiempo, solo lo suficiente para que no se me agarrotara la fascia.

La cuestión es que después de un tiempo pasando del tema, me di cuenta de que el dolor desaparecía, hasta tal punto que lo único que quedó como testigo de una grave lesión fue un pequeño “nudo”, que emulaba la sensación producida al arrugársete un calcetín dentro del zapato, y ni si quiera este estaba presente siempre. Quizás algún cambio del tiempo me dejaba una leve presión en la planta, pero nada de esto tenía que ver con el terrible dolor producido por la, ya casi olvidada, fascitis plantar.

Sinceramente sé que muchos de los que lean esta entrada, sobre todo los que la padezcan, estén desilusionados con ella, puesto que esperarían una cura maravillosa y rápida que les solucionase todos sus problemas, pero desgraciadamente no es así, no obstante, la lectura que deben de hacer de ella, no es otra que la de saber que aún hay esperanzas, que la fascitis es algo (en la mayoría de los casos) que se puede curar o al menos llevarla a un grado de inexistencia tal, que podamos olvidarnos de su nombre, de hecho, al empezar con esta entrada, debo reconocer, que ya no recordaba si se escribía plantar o plantal… Menos mal que tenemos al bendito Google.

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Ciclo, dietas y consumismo.

El ciclo se repite, para ser más exacto, se vuelve a repetir, una y otra vez, pasando ante nuestros ojos, fluyendo como fluyen los ríos, escapando cual pájaro de su jaula de oro y diamantes.

Ha llegado el verano, y como no podía ser de otra forma, deja atrás a la primavera, como otros muchos años, como desde los inicios, desde mis primeros pasos, desde que se descubrió el cacao y desde que en Sevilla hace calor.

Un año que comenzó hace poco, que dejó atrás el invierno para mostrarnos los cerezos en flor, y que hoy, con sus frutos ya casi marchitos deja la entrada a una nueva estación.

Hoy es 21 de Junio. Hoy es verano.

 

 Bonita introducción, igual podría escribir un poema, o unas memorias o una tesis sobre el verano, las sombrillas y la tortilla de patatas, pero mejor que eso, hoy, voy a hablaros  de otra cosa bien distinta. Hoy os hablaré de la operación biquini.

 Sí, sí, se que llego tarde, la operación biquini empezó hace ya varios meses, ¿cómo que ahora me pongo a hablar de esto?, pues nada, muy sencillo, porque hace varios meses que no escribo en  la web, y cuando dejé las últimas entradas no pensaba que la operación biquini tuviera importancia alguna. Pero llega el momento de la verdad, y entonces al lobo empiezan a vérsele las orejas… bueno, y los ojos, el hocico, la barriga, el culo y las pistoleras. Y es que con el verano llegan los arquetipos de tíos y tías, buenorros y  morenitas, musculitos y culitos, llega el verano y todo el mundo quiere estar perfecto para su tarde en la piscina de barrio.

 Cierto es que mucha gente empieza desde muy temprano con sus sesiones de bronceado, vamos, desde el puente del Pilar ya están cogiendo cita por si acaso en Diciembre tienen que enseñar mucho escote enla Fiestade Fin de Año. Pero quitando a los más radicales, hay una inmensa mayoría que en cuanto ven un rayito de sol y observan a los domingueros marchando en jaurías para enseñar sus grandes y blancas barrigas mientras beben cerveza y le dan unas vueltas a la panceta en la barbacoa, se percatan de que es hora de ponerse en marcha para la operación biquini. Y es entonces cuando los gimnasios hacen su agosto, bueno su marzo, ya que el cargo de conciencia de un invierno sedentario, unas Navidades llenas de manjares y una cuesta de enero harto de cerveza en casita, por eso de no bajar al bar y así ahorrar un poco más, hacen que uno se mire al espejo y le de asco de lo que ve, sobre todo si te miras de espaldas al espejo recién haber cagado.

 Muchas señoras, y no tan señoras, suelen cambiar esta última acción, no bebiendo cerveza en la cuesta de enero y yéndose de rebajas con la excusa de hacer un poco de ejercicio: carrera de fondo, salto de obstáculo, judo…, todo ello dentro del propio centro comercial, pero hagan lo que hagan y suden lo que suden, al final, el resultado es el mismo, han aumentado una o incluso dos tallas en relación al año anterior. El invierno olvida pero nunca perdona. Seis kilos de más es mucha tela, algo así como tela para una o dos tallas.

 La cuestión es que todas las personas, aferrándose a los recuerdos de una juventud en la cual los kilos no sobraban y las tetas estaban en su sitio, intentando luchar con la fuerte carga de conciencia y recopilar las poca fuerza de voluntad que les queda deciden darse un paseo hasta el gimnasio más cercano y pagar una matrícula y tres meses con tal de que todo vuelva a estar en su sitio. Claramente esto nunca ocurre. Puesto que lo que está caído, caído queda, y los kilos que se puedan perder en unas primeras semanas de ejercicio excesivo, se devuelven gracias a los batidos energéticos, las hamburguesas que no te engordan gracias a que ahora haces ejercicio y a los pasteles que te comes debido a la necesidad de carbohidratos que tu cuerpo te pide a gritos después de una dura sesión de spinning. No hablemos por supuesto de cuando nos tomamos una semana sabática y dejamos de ir al gimnasio, ya sea por cansancio, trabajo, fiestas o porque se te ha estropeado el coche que te llevaba a este, cuatro calles más para abajo de tu casa. Es entonces cuando, y a pesar de no hacer nada de ejercicio, tu cuerpo acostumbrado a una dieta rica en azucares, entre otras cosas, te sigue pidiendo que comas y que comas, y quien eres tú para negarle a tu cuerpo serrano un poco de glucosa.

 Otras personas, más flojas aún, o no pensemos mal, con más falta de tiempo, deciden dejar el gimnasio, y optar por las dietas y los Special K. Y aquí entramos en un nuevo mundo, entramos en una zona oscura en la cual si no andas con cuidado puedes salir de ella muy mal parado. Hablo de las dietas milagros, hablo de los regímenes reductores comsumequemacomegrasas, hablo de las mierdas varias que te venden ofreciéndote la gloria cuando en realidad estas comprando un pasaje al mismo infierno.

 Dietas basadas en las proteínas, dietas fabulosas estas, comes y comes proteínas por un tubo, grasas no, hidratos de carbono no,  nada que no sean proteínas. Las hay que te guían en la preparación de carnes desgrasadas para su consumo, pero con las más modernas no necesitas pasar por la carnicería, te venden unos sobres (eso sí, a un precio desorbitado) y ahí ya tienes todas las proteinas que tu cuerpo necesita para entrar en lo que ellos llaman llevar al cuerpo a un estado de colapso, buscar la cetosis. Es decir hacer que debido de una ingesta bajísima de hidratos de carbonos el cuerpo se dedique a producir energía por si mismo (explicado de una forma vana), haciendo que el hígado trabaje como un loco, entre otros órganos como pueden ser los riñones. La gente que hace esta dieta coinciden en que pierden mucho peso en poco tiempo, afirman que un médico (normalmente un reconocido médico) les hace un seguimiento y se asegura de que su estado de salud sea inmejorable y a la misma vez reconocen que todo lo que pierden de peso también lo pierdes su bolsillos. A mi me dejas de mierdas, pero toda dieta que te haga perder a razón de más de 10 kilos al mes, muy buena no puede ser, sobre todo si en la descripción de la misma hay palabras como cetosis, o peor aun, colapso.

 Luego hay otras muchas dietas, la dieta de la alcachofa, en la que comes básicamente esto durante bastante tiempo, o la de la piña, que haces más de lo mismo. Luego están las dietas de infusión como yo les llamo, que lo que hacen es básicamente hartarte de laxantes para que cagues todo lo que comas. Y no hablemos de los chalados que te dan la pastilla mágica, en la cual se encuentra una pequeñísima solitaria que se encarga de compartir contigo todo lo que comas, si no puedes parar de comer, mejor ponerte un inquilino en tu interior para que comparta contigo esa deliciosa magdalena de chocolate.

 La cuestión es que ya sea para que se llenen los bolsillos unos cuantos medicuchos o unos instructores de gimnasio, la operación biquini es un invento consumista como otro cualquiera, ya sea la celebración del día de San Valentín o el afán por depilarse hasta el último pelo del codo.

 ¿Por qué antes los gordos eran como dioses y ahora son simples aberraciones? Pues esto, como casi todo en este mundo, lo promueve la sociedad. Una sociedad borrega, consumista y decadente, que nos marca unas pautas que seguimos a pies juntilla, haciéndonos seguir un camino cada vez más retorcido, cada vez más masificado y, a la par, cada vez más desolado.

 Aborrezco todo en lo que nos hemos convertido, todo lo que nos han hecho hacer, todo lo que somos, creo que no podré soportarlo por mucho más, menos mal que me queda el McDonalds y las pelis de Vin Diesel y Jessica Alba. Así que esta tarde, antes de ir al cine, me daré una vueltita por el MediaMarkt que tengo que comprar una funda para el móvil nuevo y así me despejo un poco, que estoy harto de tanto cuerpo 10 y tanto jodido consumismo, ¡qué asco de vida!

Slow

– ¿Cómo sabes que llegará mañana?
– Por que lo pedí el lunes y dijeron que tardarían 5 días.
– Pero mañana es sábado.
– ¿Y?
– Que a lo mejor los sábados no reparten.
– ¿Porqué no? ¿Acaso no se respira también en sábado, acaso no se come?
– Pero joder, que se coma no es sinónimo de que se trabaje.
– Pero si abren tiendas y hay autobuses, incluso si te llama la teleoperadora de turno para venderte algo que apenas necesitas  a la hora que menos lo necesitas, cómo no iban a currar ellos.
– Bueno, yo solo te digo que no te hagas ilusiones, sabías lo que pedías y a quién se lo pedías.
– Sí, y tengo plena confianza en la puntualidad de la empresa.
– Pero vamos a ver, sabes perfectamente la filosofía que conlleva esta empresa, sabes que son lentos.
– Lentos, pero no por eso impuntuales.
– Si tú lo dices.
– Lo digo yo y 9 millón de clientes más. Mañana a estas horas estaré disfrutando de mi familiar con anchoas y pepinillos en masa fina.

No lo dude, llámenos las 24h del día, trabajamos los 7 días de la semana. Slow Food! Somos una empresa de gran prestigio y reconocimiento internacional, y eso lo respaldan nueve millones un clientes. Slow Food! Tú comida bien hecha; con mimo, con amor, con paciencia. Slow Food! Tú comida lenta, y cada día, la de muchos más.

Slow… un movimiento extraño, lleno de extraños actores y que reivindican algo más extraño aun… El buen gusto por la cocina y la arquitectura.

Es un nuevo movimiento (bueno todo lo nuevo que puede ser un movimiento de finales del Siglo XIX) que aunque buscando un fin tan bueno como utópico, no lo hace por medios muy racionales.

Ya hemos hablado, en varias ocasiones, de lo que la sociedad moderna, el ritmo de vida y el estrés puede provocar. Cada vez vivimos más rápidamente. Desde el momento en que suena el despertador, y ya nos sentimos cansado por intuir el día que nos espera, hasta que nos tumbamos de nuevo en la cama cansados, estresados y pensando en que ya no vamos a dormir las 8 horas que aconsejan los más entendidos en la materia. Vivimos una vida agitada, llenas de idas y venidas y continuamente corremos aunque no sepamos el porqué. Y esto lo pude experimentar la primera vez que fui a Madrid y observaba estupefacto como la gente se revolvía, corría, saltaba y refunfuñaba en el Metro. Para mí era incomprensible, no sabía porque lo hacían, yo, un chico sureño, tranquilo y de personalidad abierta me atreví a preguntarle a una señora que corría por los pasillos que cual era el motivo de sus prisas, su respuesta fue un empujón, seguido de un pisotón y una coletazo final con la punta del paraguas cuando se marchaba. Sinceramente no entendía a esta gente loca de la Villa de Madrid, recuerdo que pensé que estaban todos locos o incluso hiperactivados a causa de un exceso de cafés a lo largo del día. Paradójicamente tuve que marchar por motivos de trabajo a la capital del país y descubrí que estas pobres personas no estaban locas, y muchos, además, se hartaban de tilas en vez de tomar cafés. Era la ciudad, era el ambiente, la situación, el estrés. Cuando llevaba allí quince días, yo también corría como un poseso, daba igual que fuera con diez minutos de adelanto al trabajo, daba igual que ni si quiera fuera al trabajo, daba igual que hubiera perdido el metro, tenía que correr, tenía que correr más que el que estaba delante, tenía que correr más que el que estaba detrás, tenía que correr sin descanso y ¿porqué? Una vez me lo pregunto un chaval con pinta de paleto que estaba parado en el pasillo y que me tapaba el paso para llegar al andén antes de que me adelantaran las dos peruanas que aunque con paso corto, parecieran que llevaran debajo de esos largos ponchos un motor a reacción. Suerte que puede apartarlo a tiempo con el brazo a pesar de que me intentó hacer una zancadilla con el pie, casi me caigo por la velocidad y la carga que llevaba (maletín, abrigo, paraguas…) suerte que pude zafarme de él a pesar de que creo que me intentó agarrar por el paraguas para que no me fuera. Por suerte pude llegar al andén antes que las peruanas, que se quedaron junto a mí los seis minutos que tardó el llegar el siguiente metro. 

Este movimiento pretende acabar con todo esto, quiere hacer que la vida se relentice, que nos tomemos el tiempo necesario para hacer las cosas, que saboreemos el café, que disfrutemos de una buena comida, de un paseo, que seamos amables con quien nos rodea, que durmamos lo necesario y que tengamos tiempo para nuestros amigos, nuestra familia, nuestros hijos. Pretende volver a tiempos en los que la naturaleza era más sabia y el hombre más tonto. Pretende borrar todos los McDonalds de la faz de la Tierra.

Son muchas las vertientes de este movimiento Slow, desde el Slow Food al Citta Slow, todos intentando reivindicar la vida tal como era antes, pero claro, sin renunciar a los adelantos del “Ahora”. Algo inmoral para algunos, algo inteligente para otros, pero en definitiva algo muy difícil de llegar a cabo, diría imposible, pero las palabras imposible e infinito no me gustan mucho, son excesos que no llevan a nada bueno.

La cuestión es que hay mucha gente que apoya este movimiento, como esos dos que se metieron en una cama para demostrarle a la gente que se puede estar una semana hablando de paz y otras cosas que al parecer hoy en día a poca gente le importa, al menos en la práctica, porque de la teoría no hablaré, puesto que es solo eso, teoría.

Unos 40 años más tarde, de nuevo dos personas se meten en una cama, esta vez durante 40 días con seguimiento incluido por Internet, para demostrarle al mundo entero que se puede haraganear mientras se hablan de cosas muy “trascendentales”, como la educación o la redes sociales. Y yo me pregunto, ¿todo esto sin cagar ni ducharse en cerca de mes y medio?

Es cierto que esta vida esta llena de rápidas transiciones, rápidos movimientos y rápidos polvos, y a veces, detenerse un poco a repasar la información que recogen nuestros cinco sentidos no es ninguna tontería. Saborear, sentir, oler… poder mirar y escuchar todo lo que nos rodea es un placer tan cotidiano que lo hemos desechado como tal.

Y todo esto es debido a la sociedad moderna, y una prueba de ello es la que podéis comprobar cualquier día que vayáis a un McDonald y en vez de engullir un menú completo en tan solo 4 minutos, os detengáis un poco para respirar hondo y mojar lentamente una patata gajo en la salsa deluxe mientras os recreáis contando las semillas de sésamo del pan. Será entonces cuando podréis comprobar como los cuatro que están esperando de pie con las bandejas en la mano os fulminarán con una mirada tan ardiente como los pies de un madrileño metido en los pasillos del metro en plena hora punta.

Por esto, entre otras cosas, Slow es un movimiento avocado al fracaso, al menos si se pretende llevar a cabo en un 100%. Pero si conseguimos agarrar la esencia de esa filosofía y hacerla nuestra en el día a día, es algo que podría llegar a mejorar nuestra calidad de vida, nuestra percepción de la realidad, nuestra propia espiritualidad.

¡Paz!

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