Un paseo por la vida

Comenzando un nuevo camino

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Seguidores en Otoño.

Y por fin llegó el Otoño. Lo estaba esperando como agua de mayo, aunque esta comparación no sea la más acertada. Y es que quería aprovechar el cambio de estación para contaros una noticia sorprendente, casi inquietante. Algo que llegó a mis ojos a la velocidad de la luz, como no podía ser menos, y que fue interpretado por mi cerebro en algo así como seis segundos y medio, podría haber tardado algo menos, pero no pensaba que pudiera ser correcto lo que mis miopes ojos percibían a pesar de llevar las gafas puestas.

Hace poco más de unos diez meses comentaba que mi blog por fin tenía seguidores, cuatro para ser más exacto, entre los que me encontraba yo mismo. Después de más de un lustro escribiendo por fin tenía algo más de un par de seguidores. No parece mucho, pero yo, como cualquier médico que se precie, me sentiría satisfecho si con mi trabajo al menos podía salvar una vida. Y es que ya había conseguido traspasar la barrera de la singularidad, no en salvar vidas, pero a lo mejor sí en salvar mentes, porque no hay mente más muerta que la mente conformista, la mente que no ejerce su derecho a pensar, a decidir, a imaginar, y desde hace tiempo, con mis entradas, algunas más ácidas, otras más poéticas, pero todas por igual, reflexivas, he intentado despertar esas vagas mentes que la sociedad moderna y los videojuegos de última generación no están anestesiando.

Me sentía orgulloso de esa pluralidad a la hora de poder contar a mis “seguidores”, pero hace una semana que mis ojos detectaron una cosa inquietante en mi nueva pantalla LED de 21,5 pulgadas. Pensé en descambiarla por problemas en la representación de los píxeles, pensé en cambiarme los cristales de las gafas, los cuales están más arañados que el los bajos de un Prius en plena Sierra de Aracena, pensé en descansar un poco la vista y darle esos cinco minutos de descanso visual cada hora que tanto recomiendan los trabajadores de riesgos laborales, aunque en mi caso sería cada cuatro horas, pensé en que había vuelto a la singularidad, y que el único seguidor del blog que quedaba en este caótico planeta era yo. La verdad es que pensé muchas cosas en esos seis segundos y medio, pero nada de ello se ajustaba a la realidad. Lo cierto y verdad es que el número había cambiado, y no era un problema de dislexia como pensé entre el tercer y cuarto segundo, los ceros no iban delante, sino atrás, y la unidad realmente se había convertido en centenar. No estaba flipando y la Guinness no tenía nada que ver, ni si quiera los ganchitos que dejaban motas anaranjadas sobre la tecla F5 con la que estaba refrescando para ver si solo era un problema de actualización de la página. No, no era problema de nada de eso. Efectivamente había pasado de tres seguidores a cien; ciento uno como pude comprobar poco después, es decir, cien seguidores y yo, que aunque este feo decirlo, soy mi mayor seguidor, aunque no en plan perro que se sigue la cola para modérsela, es algo más en plan “estoy a gusto conmigo mismo”, aunque no por ello, no busque mejorar día a día, o al menos día sí, día de descanso, que tampoco hay que ponerse el listón muy alto.

Tardé un par de horas en asimilarlo, y ver si por error había colgado el video de la concejala esa de Yebenes masturbándose y por ello tenía tantos seguidores. No sé, a lo mejor, una panda de locos del Twitter había decidido seguir sus pautas de followers fuera de su red social, o es que alguno de mis microrrelatos había despertado la curiosidad de un grupo de escritores noveles que daban un curso online de cómo crear una historia en 150 palabras y no parecer que estás escribiendo una esquela. Sinceramente no sé como fue, ni si quiera si esto durará lo suficiente antes de que se den cuenta de que se han apuntado a seguir un blog llamado “Un paseo por la vida”, y no “Un meneo con la viuda”, pero sea como fuere, puedo decir con orgullo, que el otoño ha comenzado con dos centenas más de ojos sobre los pensamientos de mi vida (espero no que me haya tocado ningún tuerto, si no me va a joder las estadísticas).

En definitiva, que solo quería haceros participes de esta curiosa circunstancia, daros las  gracias con esta entrada número 100 a los que me siguen, porque de esta forma consigo las fuerzas que me faltan para seguir escribiendo (aunque sea una entrada por estación) y recomendaros que disfrutéis de la palabra, ya sea escrita, escuchada o sentida, tanto como yo lo hago todos los días. ¡¡Hasta el invierno próximo!!

Pd: Puesto que me gustaría que la gente abriera más la mente, y que aun queda mucho para diciembre, si queréis dejar algún comentario en este blog, será bienvenido (supongo que ahora que tengo cien seguidores -bueno, sé que casi todos vienen del facebook, realmente, pero tenía que darle emoción a la cosa-, alguno opinará algo, jejeje).

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Hoy se ha ido el otoño, pero no será el último.

Sabemos que el calor se está yendo, sino se ha ido hace ya un tiempo. El otoño, que pintaba bastante bien no ha podido resistir la ineludible llegada de un invierno que cada año nos castiga con las mismas ganas, algunas veces incluso con más. Aun recuerdo ese martes de octubre, al medio día, cuando salía del trabajo y un gran termómetro mostraba con orgullo unos increíbles 35 grados.

Pero eso fue ayer, y el día a día se vive en el hoy, no en tiempos pasados.

Zapatero ya no nos lidera, el sol ya no nos quema y los pantalones de campana hace tiempo que no nos los ponemos, pero como casi todo en esta vida, el ciclo de la misma rige casi todos los aspectos de ella. Y lo que hoy es el pasado, mañana será el futuro.

Cómo pensar que no vamos a cometer los mismos errores, cómo saber que algo no te sucederá de nuevo, cómo puede predecir el hombre del tiempo si el sol brillará mañana.

El ciclo de la vida, y todos sus derivados, son tan reales e inexorables que cuando nos paramos a pensar en ellos, nos da hasta miedo. Nacer. Crecer. Morir. En medio, claramente está el reproducirse, uno de los placeres del ciclo y a día de hoy, método imprescindible para que el ciclo pueda continuar. Y no hablo de personalmente, claramente, el que muere, muere. Y tampoco espiritualmente, donde según algunas religiones/filosofías, mantienen que tras abandonar este plano, regresamos al tiempo para comenzar este ciclo desde el nacimiento. Sino, en un plano más general, hablo de la raza humana, de un colectivo que va creciendo, muriendo y naciendo de nuevo. Aunque no nos quedemos solo en la raza humana, abramos los brazos y alberguemos a toda clase de vida, ya que está claro que nosotros no estaremos aquí para la eternidad. Podemos extendernos en la definición, generalizar hasta la saciedad o ser muy específicos, da igual, el ciclo de la vida lo alberga todo y sirve para casi cualquier cosa.

Que el PSOE volverá, 100% seguro, que el sol volverá a castigarnos con sus más de cuarenta grados, por supuesto, en poco más de medio año, y que los pantalones de campana volverán, acaso lo dudáis, nada más que Mango, Zara o el Corte Ingles los pongan de nuevo en sus escaparates.

Todo en esta vida se repite y por eso cuando somos jóvenes y oímos a nuestros carrozas padres intentar darnos torpes consejos sobre como llevar nuestras sufridas vidas, no tenemos más remedio que cagarnos en nuestra puta estampa al crecer, al envejecer, al mirarnos en esa foto en la cual las entradas, las canas y la barriga del tipo que está a nuestro lado nos deprimen enormemente, para poco después hundirnos en la miseria más absoluta al darnos cuenta que las canas, la alopecia y la bartola no es del tipo de al lado, sino nuestra, y que quien creíamos ser, no es otro que nuestro gamberro hijo que nunca se deja aconsejar por la experiencia acumulada a lo largo de nuestros numerosos años de mucho hacer y poco escuchar.

Como le dijeron una vez a un pequeño león: “Ingonyama nengw’ enamabala… es un ciclo sin fin que lo envuelve todo, el ciclo sin fin, el ciclo de la vida”     

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